Clarín – Teatro

Jueves, 29 de diciembre de 2011

UNA INESPERADA PROPUESTA INDECENTE

Extraños en un tren

La obra tiene una puesta virtuosa y actuaciones desparejas.


A juzgar por la exitosa 39 escalones (2005), de Patrick Barlow, que sigue en cartel en Argentina, y el musical alemán Rebecca(2006), de Michael Kun ze y Sylvester Levay, que con adaptación de Christopher Hampton llegará a Broadway y al West End durante la próxima temporada, pareciera que en el hemisferio norte están muy interesados, como material dramatúrgico, en los guiones o textos que inspiraron algunos de los films más emblemáticos de Alfred Hitchcock.

Ahora se suma Extraños en un tren , la novela de Patricia High-smith (1921-1995), publicada en 1950, que al año siguiente conoció su versión cinematográfica, también dirigida por el genial británico y cuya adaptación teatral, firmada por Craig Warner, se acaba de estrenar en Mar del Plata.

La trama aborda el encuentro fortuito de dos completos desconocidos, un maduro y frívolo solterón y un joven y ambicioso arquitecto, durante una travesía ferroviaria en los Estados Unidos de la década del ‘40. Lo que inicialmente es una conversación trivial, de manera imprevista, desembocará en la oferta más curiosa y atroz por parte del primero: que uno asesine a la persona que fustiga al otro, el padre tacaño y la esposa infiel, respectivamente. Aunque el muchacho lo toma a broma, pronto descubrirá que con los pocos datos que obtuvo, el hombre cumplirá su funesto plan y lo hundirá en una pesadilla existencial dantesca.

La propuesta es arriesgada, ya que transcurre en diferentes ámbitos -muchas veces simultáneos- y con saltos temporales, pero el director Manuel González Gil sale airoso del desafío al dotar su montaje de dos pilares esenciales: un buen ritmo y el clima de tensión que va en aumento.

Claro que lo secunda un equipo creativo de lujo: desde el elocuente dispositivo lumínico de Gonzalo Córdova o la portentosa partitura de Martin Bianchedihasta los simbólicos elementos escenográficos de Jorge Ferrari o el vestuario de Pablo Battaglia, que marca la época.

Es en el plano interpretativo donde asoma el principal escollo, sobre todo en los disimiles registros que, al menos la noche del estreno, no lograron aunarse. A los sólidos oficios de la gran Adriana Aizenberg o Alejo García Pintos, quienes prueban que no hay papeles chicos para excelentes actores, se contrapone la evidente inexperiencia de Martina Gusmán. Instalada en un tono naturalista, con una voz sin matices y pocas acciones; se la ve desorientada.

Por su parte, Gabriel Goity apela a su ya conocido y cómodo personaje de socarrón pedante, algo porteño, cuyas acotaciones verbales causan risas, pero que lo alejan de su criatura ambigua, patética y siniestra.

En cambio, la notable destreza de Pompeyo Audivert le permite bordear la caricatura sin caer en ella, y concretar una labor admirable. Finalmente, el joven debutante Ludovico di Santo es toda una revelación, posee un evidente temperamento dramático y amplia gama expresiva, que le auguran un futuro promisorio en las tablas.

Más allá de los reparos, estamos ante una gran producción volcada a una obra dramática valiosa, con algunos giros de comicidad, que bien vale la pena ver y disfrutar.

 

 

Jorge Luis Montiel

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