Página 12

Lunes, 30 de noviembre de 2009

RODOLFO WALSH Y GARDEL, CON ALEJO GARCIA PINTOS

Crónica de una espera

Con la libertad que da la ficción, la obra de David Viñas construye una abstracción de una personalidad sobre la que siempre se han buscado certezas.




Aunque refleje una situación límite, no es ésta una crónica tibia ni compasiva. Esto es ya una rareza, como lo es el hecho de que se intente una abstracción de una personalidad sobre la cual se han buscado empeñosamente certezas. Estas libertades responden al campo de la ficción y es sabido que no todos se pliegan a fantasear con lo documentado.

En principio, para el espectador de esta pieza de David Viñas es complejo prescindir de la figura del escritor, periodista y militante Rodolfo Walsh, aun cuando el director de este montaje haya manifestado que no se trata de teatro-documento. Si es o no en lo esencial el verdadero Walsh será materia de controversia. Lo que tal vez genere acuerdo es aquello que se va dibujando en el transcurso de la obra: el retrato de un hombre que decide elegirse a cada instante.

Adherir a esto no acabará con el escepticismo respecto de la “universalidad” del personaje, pero tal vez ayude a aceptarlo como figura de una ficción. En este aspecto la puesta en el Salón Dorado del Cervantes sigue fiel al original del autor que, entre otras invenciones, enclaustra al protagonista en un único ámbito y con una única comunicación con el afuera a través de un teléfono. Es en ese interior –bien diferente del montaje de 1993, el primero de esta obra– donde Viñas imaginó una espera. Los amigos de este Walsh le habían dicho que se cuidara y la anónima voz que le llega a través del teléfono, que lo tienen cercado.

La espera –siempre tan teatral– le pone marco al contrapunto entre opresión y rebeldía, acoso e ilusoria salvación en un tiempo dominado por la ceguera de la sociedad ante su propia historia. Los desajustes del texto –que no se desarrolla precisamente sobre un modelo, poética o género, sino sobre varios y superpuestos– permiten de todas formas ver estados que si bien no conforman una historia traen a un primer plano definiciones respecto de lo que emociona al personaje y lo que quiere, párrafos rebeldes en los que multiplica voces y diatribas en contra de una sociedad que ha tomado como única realidad a la dictadura.

Acaso para no aceptar una memoria sin sonrisas, este personaje-escritor se evade mentalmente y fantasea, o mima su propio cuerpo como despidiéndose, aunque sin aceptar la despedida. Imagina ardides para recomponerse en el acecho, confiesa sus miedos a Gardel, el canario mudo, y se interroga incluso respecto de la escritura y su incidencia o ineficacia sobre lo real. Claro que no olvida hablar de los “caníbales” y de “nosotros, los que perdimos”, de los amigos cuyos nombres ahora tacha de la agenda. Transmite sin discursear conceptos esenciales como la libertad y la muerte, y determinaciones sobre cómo defenderse del poder que desprecia la vida y la libertad e implanta un orden de cementerio.

La interpretación generosa y sin subrayados de Alejo García Pintos –el personaje amenazado y recluido en su casa– encuentra aquí un marco acorde con su trabajo. En su cuidada puesta, Jorge Graciosi optó por una escenografía que –al menos en los objetos que acumula– identifican al verdadero Walsh, por ejemplo, con una máquina de escribir o un tablero de ajedrez. La reconstrucción sigue siendo de todos modos ficcional, aunque se le escuche decir al personaje “escribir es pedir socorro” y se lo vea seleccionar libros de su biblioteca para llevar en una hipotética escapada.

Este hombre que se anima imaginando la pertenencia a una Buenos Aires de tango y mitos –y no a esa otra ciudad de la cual debe protegerse porque “está llena de alcahuetes y caníbales”– transmite el convencimiento de que hay poderes y gente con los que no se negocia y que la respuesta a la violencia (de Estado) es la violencia como una opción última de afirmar lo que se cree.

RODOLFO WALSH Y GARDEL
De David Viñas


Alejo García Pintos ofrece una interpretación generosa y sin subrayados en Rodolfo Walsh y Gardel.



Hilda Cabrera
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